Denning sostiene que las partes más importantes de la inteligencia humana, incluidos el sentido común, la intuición, la cultura y el conocimiento práctico, no pueden codificarse en computadoras. Denning acusa a la IA de seguir una premisa equivocada heredada de Alan Turing: que la inteligencia humana puede separarse del cuerpo y medirse imitando una conversación humana.

Su argumento central es que la inteligencia humana depende de un conocimiento tácito que no se deja convertir con facilidad en código: sentido común, intuición, cultura, emociones, percepción y destreza práctica. En su visión, precisamente esas capas son las que hacen que una persona entienda lo que hace y no solo lo que dice.

A partir de ahí, Denning habla de un problema de representación: los modelos de lenguaje manipulan palabras y símbolos, pero no alcanzan el significado encarnado que les da contexto. Por eso duda de que ampliar los modelos o aumentar su escala sea suficiente para llegar a una inteligencia realmente equivalente a la humana.

La consecuencia más seria, según el artículo, no es solo que la AGI quede fuera de alcance, sino que la industria esté construyendo sistemas cada vez más autónomos sin comprender del todo cómo interpretarán nuestras intenciones. Ese desajuste abre un problema de seguridad y de convivencia con máquinas que pueden ser muy capaces sin pensar como nosotros.